Campo traviesa

enero 15, 2016 § Deja un comentario

Siempre me gustó tomar atajos rurales, incluso en épocas de GPS y Google Maps se pueden encontrar nuevos caminos, pero más todavía lo hacía cuando era joven, explorando caminos a veces casi cruzando a campo traviesa. La mayoría de las veces no llevan a ningún pueblo perdido ni pulpería fantástica, sino que desembocan en algún camino secundario o alguna ruta provincial.

Pero a veces sí se encuentran cosas inusuales. Así conocí a la trigueña santafesina que cambió mi vida y me hizo darme cuenta de quien soy.

Era un atardecer inusualmente fresco de noviembre, y me encontré casi perdido cruzando por una huella de tierra, con pasto crecido y arbustos invadiendo el camino, yendo de una pequeña colonia perdida hasta La Pelada. Faltaban todavía al menos dos o tres horas para llegar, así que cuando vi una casa con gente me acerqué para ver si conseguía algo para comer.

A medida que me a cercaba, escuchaba ruidos fuertes, música y muchas voces. Dejé el coche a unos 300 metros de la casa junto a otros que estaban estacionados. Afuera de la casa había varios hombres parados que me saludaron, les devolví el saludo con la mano y les comenté mi situación. Me tomó por sorpresa la respuesta:

– Pasá querido, hace un rato se casó mi hermano y acá estamos festejando. Comida y bebida no te va a costar encontrar.

Adentro había no menos de 45 personas, casi todos familia y algunos amigos íntimos. Por suerte mi acento mendocino cayó simpático, tanto que fui bienvenido y me puse a comer como uno más y salude cálidamente a los novios. Incluso me saqué una foto con ellos que todavía guardo en algún lugar.

A los pocos minutos dejé de comer y me dediqué a la pista de baile. Ahí fue cuando nos empezamos a mirar con la trigueña. Mi situación era un poco delicada, por eso aproveché a un borracho conversador y le pregunté:

– ¿Quién es la que está parada al lado de la parrilla? Sí, esa que está charlando con la vieja, ¿viene con alguien?

Así me enteré que se llamaba Renata, que era una prima soltera (la solterona le decían, aunque tenía treinta y pocos o cuarenta y pico, me precisó el borracho con envidiable impunidad) de un pueblo cercano. Que le avance tranquilo pero que sepa que no es una mina para cualquiera. Que no por nada le decían “la Campo”.

Obviamente, que me digan que me ande con cuidado me hizo tirarme de cabeza sobre Renata y empezar a enredarla con alguna charla y algo de baile. Dos primas, bastante fuleritas, (las otras dos solteronas, me había dicho el borracho) nos miraron y cuchichearon entre risas. Yo lo tomé como que era una buena señal, y que lo hacían de envidia contra la prima linda, con la que evidentemente ya empezaba a haber atracción.

Siguió la fiesta y, me fui quedando, hasta que a propuesta de la propia Renata nos fuimos para que la lleve hasta su pueblo, distante a algunos kilómetros. Llegamos y sin vueltas pasé a su casa y nos duchamos, pero por separado insistió ella. Ya en la cama, me pidió que la deje atarme, a lo que accedí. Atado y desnudo, mientras Renata me chupaba la pija me dijo:

– ¿Sabés cómo me dicen los que me conocen bien?

– Sí, La Campo

– Jajaja, ¿quién te dijo? ¿Julián? Pero el siempre está borracho y se olvida de la parte importante. Me dicen La Campo Traviesa.

Y en cuanto terminó de decir eso se sacó el vestido que antes no había querido sacarse y me mostró una pija de tamaño considerable. Tuve un primer shock, pero me la estaba chupando tan bien que no se me fue la excitación. Tampoco me intenté desatar aunque hubiese podido, así que reconozco que fue consentido. Y en el fondo me gustó esa/e trigueña/o que me hizo cambiar de perspectiva y me rompió el culo y el corazón.

¡Ay, trigueña traviesa de mi juventud!… cómo te extraño en estos días.

El Tito Sanz

Helado de 1/4

enero 14, 2016 § Deja un comentario

Casi como una manada de mosquitos esparciendo dengue, las heladerías del barrio se han contagiado y prácticamente todas ofrecen un cuarto de kilogramo de regalo con la compra de un kilogramo.

El comprador podría pensar que, en lugar de pagar $150 el kilo y un cuarto (o cinco cuartos), sería más atractivo que el kilo esté a $120. Incluso puede hacer ruido la idea considerando el cuarto es el helado donde mayor proporción del precio consume el costo del envase, y se genera un trabajo adicional. Pero el fenómeno que busca generar el cuarto de regalo es otro distinto, es la diferencia entra la compra o no compra.

El precio es una diferencia difusa y hasta difícil de tener presente en tiempos de inflación elevada, y los descuentos en porcentaje sobre el precio han sido tan abusados que es improbable que tengan un impacto fuerte. El cuarto de regalo, sí funciona. Una consulta con un experto local (el heladero de la cuadra siguiente, que aplica esta técnica perversa), arroja como respuesta que los heladeros no tienen claro por qué funciona pero sí saben que funciona. O al menos, aumenta la cantidad de kilos vendidos, el análisis brindado no es demasiado sofisticado.

¿Por qué funciona? Aventuremos. Funciona porque sugiere mucho más de lo que podrían sugerir 30 o 40 pesos de diferencia: el cuarto para el (o los) tutores que compran a los niños-rata, el cuarto que guarda la esposa en el fondo del freezer para convidarle al amante (el kilo lo compartirá con el cornudo), el cuarto para el día siguiente, o para pedir ese gusto que sólo le agrada al que pide, el cuarto es individualidad, es personalidad, es tener algo distinto para contar o mostrar, es el Just Do It, Impossible is Nothing, Think Different, es todo lo que pide la factoría social: la pseudo-originalidad respetando el canon establecido.

Así que ahora que lo desarticulemos no caigamos más en la trampa de pagar pequeñas fortunas por un grumo de diabetes, obesidad y cáncer camuflado con mucho dulzor. En todo caso comamos…  ¿alguna fruta?, una manzana, por ejemplo. Pero antes, déjeme que le cuente algo de la fruta…

Masa crítica en reacción

diciembre 29, 2012 § Deja un comentario

Crónica de la masa crítica por ítem:

1- La vuelta al Obelisco: una bicicleta. Luego otra, empiezan las vueltas. Una, otra. Se van sumando. Vueltas, decenas. Así comienza, después de largas vueltas la marcha. Se llega a la masa crítica y comienza el camino.

2- Primer cruce con motos: Se cruza una moto. La bicicleta frena, obligando a la moto a frenar. Sólo puteadas.

3- La moto de Independencia: Se cruza otra moto. La bicicleta frena, obligando a la moto a frenar. Golpes de puño de dudosa calidad, clima ridículo.

4- La mujer de Rivadavia: Una vieja pregunta por el motivo. Se le explica. Se alegra, y dice preferirlo a las drogas y el alcohol. Desconoce la cantidad de droga y alcohol circulando, no sintió la humareda marihuanesca que se va en el dudoso, lento, imprudente y desorganizado fondo de la masa.

5- Me dejaste sólo: Cada cruce de calle, se forman tapones de bicicletas. Normalmente, 4 o 5. En una ocasión, el cronista queda sólo contra 3 carriles. Se resiste el asedio con éxito.

6- Rumores en Honorio: Se rumorea que hay un ciclista (que se peleó contra un motociclista) detenido en una comisaría.  Las respuestas que el cronista escucha desde cerca son propuestas de dar a conocer en una u otra red social la situación. No prospera la propuesta de parar un par de miles de ciclistas en la puerta de la comisaría.

7- Moto impaciente: Otro incidente, otro conflicto. Rodeado de bicicletas, frena. Casi sin golpes, muchas puteadas.

¿Dónde estoy?

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