Entrega primera y última

enero 2, 2013 § Deja un comentario

Fue otro día caluroso del 2042 aquel en el que se inauguró la famosa conferencia Río +50.

Con la perspectiva que me da el año y medio transcurrido, entiendo lo inútil que resultó. El comité de los países sumergidos redactó otro duro documento acusando a sus poderosos vecinos del Norte de trabar las negociaciones intencionalmente desde su comienzo, en el siglo pasado. Como suele pasar con esos documentos, quedó en la nada. Por eso me senté a escribir este resumen de lo acontecido, tratando de encontrar algo de sentido que explique el camino que tomamos.

Durante el siglo XX se había completado la expansión agrícola intensiva en los grandes espacios de América: la llanura chacho pampeana, las grandes planicies de Norteamérica, el Sur brasilero y el Este paraguayo. Incluso los territorios de Australia y África que eran factibles de incorporar se habían sumado. Durante ese mismo siglo, se intensificó también la producción en los grandes centros productivos tradicionales como el Huang-He, los valles de Centroamérica, el Mediterráneo y los deltas de la India y el Sudeste asiático. Parte de la historia es confusa, pero estamos bastante seguros de que esto fue así.

A principios del siglo XXI, parecía que no quedaban grandes extensiones potenciales para incorporar, y el declive en los rendimientos agrícolas que se hizo grave y notorio a partir del 2015 empezó a ser un tema de conversación. Uno de los foros donde se debatía eso eran las reuniones para continuar discutiendo la implementación de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Hoy, con la ventaja de la perspectiva, queda claro que ciertos países tenían un sólo interés: dilatar las negociaciones indefinidamente. Transcribo una perla de la reunión del 2024 en Nairobi: “Las transferencias de recursos deben rescatar la integridad culturar y moral de los países que subsidios ecológicamente a otros y reflejar el desequilibrio, que sean para países en desarrollo, desarrollados, ricos pobres o indigentes es un dato anecdótico que nos oculta el verdadero problema”. Es la frase que usó el representante canadiense cuando, al ver un peligroso avance en las negociaciones, propuso que los países que recibían ayuda humanitaria suscriban un fondo para compensar las emisiones de gases de efecto invernadero debidas a la producción de aquellos alimentos. Obviamente, esa cumbre también falló.

Así, se escapó en cada negociación la posibilidad de un acuerdo, se corría de costado cada vez que parecía estar al alcance de los negociadores. Kyoto pasó como una ráfaga, lo más parecido a un acuerdo que se logro alguna vez. Es llamativo como, en perspectiva, el originalmente considerado como “fracasado” Kyoto pareció un éxito rotundo en comparación con los nulos acuerdos posteriores. El de Doha en 2021, lo más parecido a un sucesor de Kyoto, fue ratificado por una miserable docena de países.

Hace unos años, encontramos un impreso del informe del IPCC del 2007. Resulta sorprendente lo acertado que fueron los pronósticos, especialmente algunos de los más pesimistas. Por eso, y el fracaso de la última reunión, decidimos esto, venir a este reducto.

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