Invariable

abril 24, 2012 § Deja un comentario

Roberto era el hijo de puta del pueblo.

Hacía casi 15 años que tenía la única casa de préstamos (usura) y además manejaba el negociado de las habilitaciones para el intendente, entre otras cosas. Unos cuantos lo ignoraban, algunos pocos que le debían favores simulaban respetarlo y la mayoría lo despreciaba.

Por eso me extrañó que cuando volvió de un viaje con una pierna amputada y las muletas se hayan visto ciertas cosas. Quienes otrora volteaban la cara al cruzarlo en la calle lo saludan y preguntaban por su familia, los dos o tres grupos de vándalos que teníamos que le pintaban el local con aerosol dejaron de hacerlo y hasta creo que los vi ayudándolo cuando se mudó a la casa en planta baja.

Nunca entendí que es lo que se suponía que había cambiado, para mi seguía siendo el mismo hijo de puta; pero las pocas veces que intenté expresar mi desconcierto, no logré más que miradas raras y desaprobación.

Así que me guardé la opinión y creo que hasta él creía que yo ahora compartía la generalizada simpatía por su persona. De hecho, estoy seguro. Lo comprobé cuando me lo crucé en el paso a nivel de las vías del tren carguero que marcaban el final del pueblo.

Me pidió que le tenga las muletas y lo ayude a cruzar el terraplén, bastante mal construido (casi le recuerdo que el estuvo metido en el negociado, pero lo quería tener desprevenido). Agarré las muletas con la mano derecha y pase el brazo izquierdo por abajo de su hombro. Subimos muy despacio el terraplén, al punto que a lo lejos se empezó a ver el tren acercándose, pero todavía teníamos tiempo de cruzar las vías sin problemas.

Llegamos a la cima del terraplén, estábamos parados en las vías. El tren estaría a unos 30 segundos de distancia, no era un problema. Hasta que me decidí a hacerlo.

Me dejé de mover. El me miró confundido y sonrió, largando aire por la nariz haciendo ruido a chancho. Lo miré fijo a los ojos.

“¿Sabes qué, Roberto? Para mi seguís siendo exactamente el mismo hijo de puta, con pierna o sin pierna” le dije.

Pisé en falso a propósito, y rodé, llevando las muletas, hacia el pie del terraplén. Desprovisto del apoyo, Roberto cayó de espaldas sobre las vías.

Sentí los bocinazos inútiles del maquinista y el ruido de la carne triturada. Mientras tanto, pensaba que tendría que haberme decido a pedirle el préstamo para la moto antes.

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