Elección

abril 14, 2012 § Deja un comentario

Hace como una hora que estás tomando mate, hojeando ese libro que pensaste que nunca ibas a leer. Parece interesante. Los últimos mates tienen un gusto raro, mirás el porongo pero la yerba todavía está bien, no hace falta cambiarla. Sentís una presión en la nuca, rogás mecánicamente a un dios en el que no creés que no se transforme en un dolor de cabeza. Ya bastante con el dolor en los hombros que estás sintiendo, y esa extraña liviandad en las entrañas.

Te parás rápido, abris el ventanal y salís al jardín del frente de la casa, respirás hondo.

¿Esos no son síntomas de intoxicación por monóxido de carbono? No estás seguro, sí sabés que la estufa no funciona del todo bien, y que el aire del atardecer se siente precioso, fresco y puro. En la vereda no se ve nadie, sigue siendo un pueblo pero en tu barrio son pocos los que se sientan en la vereda al atardecer, y en tu cuadra casi ninguno. Sí ves luces prendidas en las casas, lo que te alivia cuando volves a sentir esas presiones en el cuerpo y te das cuenta claramente de lo que significan: la vida partiendo de tu cuerpo.

Te sentás en el banco de plaza que pusiste en el jardín cuando te mudaste a esta casa y desde ahí mirás el cielo, mientras evalúas tus posibilidades.

*** Camino 1 ***

Estirando la mano, llegás a agarrar la pala de metal y la empezás a golpear contra las patas de metal del banco, haciendo un ruido importante. Pasa un tiempo indefinible, que por el cambio de color del cielo debe ser de no menos de 20 minutos, hasta que aparece un vecino a cuestionar tu ruido. Le explicás que no te podés mover y sentís mucho dolor, le pedís que llame a una ambulancia. Con una cara que demuestra lo inoportuno de tu pedido y el fastidio que sos, accede.

El ulular de las sirenas te angustia, y ves a los médicos mirándote con desconcierto. Finalmente llegás al hospital, te sedan y lo próximo que sentís es una nausea horrible y dolor en todo el cuerpo cuando te despertás en una sala con tubos saliendo y entrando por diversos orificios de tu cuerpo. Te duele muchísimo la cabeza y no podés pensar. Es de noche, no hay luces. Insomnio horrible.

A la madrugada, pasa por tu habitación alguien del hospital, que al verte con los ojos abiertos se acerca. Intentás hablar y te das cuenta que te duele y cuesta muchísimo, lográs hacerle entender que no sabés que pasa y que te duele todo. Te dice que estás en tratamiento y que va a aumentar la dosis del sedante.

Pasan los días, en un limbo semiconsciente donde tus principales sensaciones son las constantes nauseas y los dolores, además del horrible olor a hospital. Y por supuesto, el aburrimiento. Nadie te da muchos detalles sobre tu tratamiento, pero casi todos los días te traen papeles para que firmes (garabatees con tu mano que ya está casi inservible), que no podés leer porque tu visión está muy disminuida y tenés un dolor de cabeza constante, parece que desde siempre. Las visitas, con falsos ánimos y esperanzas, son más un fastidio que una alegría. Quisieras tratarlos mejor, pero tus noches de insomnio y dolor te han trastornado el carácter. En un momento de lucidez, le pedís a tu hijo que no vuelva nunca más, y que le diga a los demás que tampoco vuelvan, que te recuerden como eras y no como estás ahora. No sabés si te entiende, ni podés estar seguro de si vuelve o no, ya te cuesta diferenciar pasado, presente y futuro.

Un día, con algo de fuerzas por el plan, juntás esas pastillas que venís escondiendo (¡casi 60!) de diferentes colores y tamaños. Las llevás al baño y con ayuda de agua y mucha fuerza de voluntad (hace semanas que “comés” por sonda, te habías casi olvidado de cómo usar tu garganta) las tragás de a puñaditos. Por suerte hacen efecto y a la mañana te encuentran muerto en el piso del baño. Tus hijos sacan un crédito para pagar el entierro.

*** Camino 2 ***

La resolución te da fuerzas. Vas al jardín de atrás, y olvidándote de los dolores, hacés una base de troncos y carbón en el centro de jardín, donde armás los fogones. Te asomás a tu habitación y mirás la lista de cosas pendientes. Es incongruente haber escalado el Aconcagua pero no haberte hecho el tatuaje, es probable. Te reís, arrugás a la hoja y la tirás a la pila de troncos. Dejás una nota, indicando cómo hay que hacer la dispersión de las cenizas y dejás algo de plata encima. Hacés un repaso mental y te alegrás de darte cuenta de que nadie te debe nada ni debés nada. Pensándolo bien, dejás un libro que te prestaron junto a la nota y aclarás a quién hay que devolverlo. Das por regalados los libros que tenés prestados. El dolor crece rápido, y la adrenalina ya casi no lo enmascara, así que te apurás con los preparativos y te sentás sobre el fogón, con el zippo prendido en la mano. Meditas durante un tiempo que parece eterno, y mientras sentís como se apagan tus neuronas una tras otra, sentís el zippo resbalando y como algo lejano, casi ajeno, lo último que sentís es el calor envolviendo tu cuerpo.

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