Estrategia

febrero 4, 2012 § Deja un comentario

–  Pará, una vez más: vos lo encarás de frente, lo distraés y yo voy de atrás, me encargo del tomuer y salgo corriendo, ¿no?

– Sí. No es tan difícil.

Escuché esa conversación entre dos tipos que pasaban por la puerta de casa, y me di cuenta que aludía al policía en la esquina. El “tomuer” (o muerto) era la reluciente pistola, cargada y enfundada sin traba, que colgaba casi en su espalda. No sabía que hacer, quedar metido en la situación era peligroso y no estaba seguro de poder llegar antes que los dos tipos, que ya iban para la esquina en la que estaba el policía, uno por cada vereda.

– ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago?

Mientras me distraigo pensando, veo que dobla la esquina un convoy de coches fúnebres. Por los coches, debía ser alguien importante, y veo que anteúltimo viene un coche descapotado. Cada vez veo más claro el atentado en mi mente.

– ¿Por qué último? – Veo al coche con el cajón fúnebre que viene último, no primero. Algo no me cierra, esto puede ser un atentado grave.

Más me preocupo aún, cuando veo al policía darse vuelta y empezar a alejarse, le da la espalda a quien le está por sacar un arma, grito, pero con el ruido de la calle empedrada no se llega a escuchar.

El cortejo avanza muy lento, veo al policía que dobla la esquina y a uno de los tipos que se asoma, como esperando verlo distraído para seguirlo.

Pero no es así.

El primero de los tipos cruza la calle delante del coche que lleva el cajón y se tira al piso simulando un inexistente atropello. Inmediatamente baja el chofer y comienzan a gritarse. Y ahí entiendo su plan.

El segundo, sin nadie que se preocupe por él, entreabre la tapa del cajón, mete su mano y saca algo, a la vez que pone algún otro objeto. Sale corriendo.

El “herido”, cojea hasta la vereda y amenaza verbalmente al chofer y los demás miembros del cortejo que también se habían detenido. Continuando con el simulacro, pretende estar preocupado pero recuperado, e insiste en que prosigan, rechazando asistencia para acercarlo hasta algún otro lugar.

Ahí es cuando me acerco y para ayudar a desatar la situación y asegurar que los demás se vayan sin conocer su identidad (algo que ahora tengo claro que es clave) me presento con falsas credenciales:

– Vi el accidente desde la puerta de mi casa, soy médico y estoy camino al hospital, así que me hago responsable de que reciba atención médica si es necesario. Vayan tranquilos que no es momento de más preocupaciones.

Aliviada, se va la gente. Es clave que estos tipos no sepan nada sobre mí, pienso.

– Gracias por su amabilidad caballero. No creo que sea necesario de todas maneras, ya me siento mejor.

– Obvio, si te tiraste vos abajo del coche hijo de puta. Y tu cómplice sacó algo del jonca, ¿te crees que soy boludo? ¿qué sacaron? – Le iba a decir que no era médico, pero si esto sale mal prefiero que pasen sus días buscando a un médico con mi aspecto.

– Ah, mirá vos al tordo, que piola resultó ser, ¿vos querés que te hagamos boleta?

– No, pero me parece que me hice acreedor de, digamos, un tercio.

Y así fue como terminé con tres puñaladas en el abdomen en esta sala de terapia intensiva. O al menos, eso le cuento a quienes me visitan, es una historia mucho más interesante que la real.

 

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