Ratas

enero 10, 2012 § Deja un comentario

Nunca imaginé que al mudarme a la casa de la calle Álvar Núñez iba a entrar en guerra. Todas las noches, después de luchar contra la madera durante el día, luchaba contra ellas. Quesos cargados de dosis de veneno elevadísimas; movimientos de muebles para desorientarlas; gatos monteses; incluso llegué a empalar algunos cadáveres en palitos de brochette cerca de su guarida, pero lo que funcionó con los turcos no funcionó con ellas. Cada día perdía algunos centímetros más de la casa.

Mis fracasos militares terminaron llevándome a una depresión aguda en la que abandonaba las batallas antes de empezarlas. Fue así que perdí el control de las dos habitaciones, de modo que quedé restringido a la pequeña cocina. Entonces, harapiento y sucio, tramé el que -creía- sería el movimiento magistral que me daría la victoria definitiva.

Nadie se sorprendió ese día al verme llevar la lata de cola. Dediqué la noche a llenar cada centímetro del piso de la frontera con cola. Las veía dudar, olfatear con su habitual gesto de intriga y desprecio, como quien ve a un linyera impúdico. Apagué las luces y monté guardia.

De madrugada, empezaron los chillidos.

Una veintena larga había caído en mi trampa y chillaba horrorizada, tiraba inútilmente de sus patas intentando huir. Mientras, con pereza, las iba matando, haciendo subir aún más el volumen del chillido de las que quedaban vivas. Las que no había caído en la trampa, huían.

Esa noche, por primera vez en dos semanas, dormí en mi cama en vez de en el piso. A la mañana siguiente, me paseaba por los espacios reconquistados como un soldado orgulloso.

Durante días no tuve noticias de ellas. Poco a poco pasaba la euforia y yo me dedicaba a otras cosas, dando por hecha mi victoria.

Hasta hoy.

Llegué algo más tarde de lo usual, ya era noche cerrada. Las luces no encendían, así que entré en la cocina a buscar el farol. Mientras tanteaba, agradecía que el corte haya pasado después de mi victoria. Erraba: una cosa derivaba de la otra.

 Lo entendí cuando tropecé con un cajón que no debía estar allí y caí en el mismo lugar en el que estoy ahora. No puedo levantarme, la cola sujeta muy bien la tela y, especialmente, la piel. Las escucho riéndose, de a centenares, mirándome a medida que pierdo la cordura. Siento un murmullo de aprobación y escucho patas veloces que se acercan.

 Pierdo el control de mis esfínteres y siento que ellas, dichosas con el olor familiar, dan alegres chillidos.

 No sé qué es lo que siento, sólo dolor cuando empiezan. Ahora, mis pies son un muñón sanguinolento. Pero a ellas no les importa, avanzan con pereza. Hasta me parece escuchar un chillido autoritario que refrena a las compañeras para que disfruten detenidamente.

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